
A Alejandro Salinas de la
Garza,
In memoriam
Conocí a Alejandro Salinas un septiembre de 1984, cuando celebrábamos un proceso
eleccionario de la Federación Mexicana de Voleibol en Pachuca. Él llevaba una
candidatura que no obedecía al interés oficial, la del profesor Matsumura.
Inhabilitados tres de los compañeros que acudían en favor de su proyecto, él se
quedó sólo frente a más de veinticinco delegados debidamente aleccionados en su
contra. Cuando alguien le insinuó que declinara su postura se puso de pié, su
perfil erguido que lo parecía más por su entereza y dignidad impresionó a todos,
y dijo: “Esta troca que yo traigo no tiene reversa”
Alejandro perdió la elección por
mayoría pero, por unanimidad, se ganó desde ese momento el reconocimiento y el
cariño de toda la familia del voleibol mexicano, pues su conducta dio lección de
un hombre íntegro, probo y con un alto sentido de la lealtad. Me dije entonces:
“Tendré que darme la oportunidad de hacerlo mi amigo”
Su calidad surgió,
indiscutiblemente, del seno familiar. Fue un padre amoroso y entregado
plenamente a su esposa e hijos. Guille le apoyó en todo siempre, y entre ambos
nos dieron la oportunidad de conocer a sus vástagos: Junior, Jorge, Luis Carlos,
César, Eduardo, Laurita y Diana, hombres y mujeres buenos, positivos, generosos,
grandes deportistas y mejores ciudadanos de quienes él siempre se sintió
orgulloso. A todos ellos mi abrazo solidario y mi cariño.
Las puertas de su hogar se
abrieron de par en par para todos sus amigos; muchos alimentaron sus estómagos
pero más sus almas en la mesa familiar.
Los problemas se agudizaron hace
un año. En agosto pasado, desde un descanso obligado en su casa durante su
tratamiento, me llamó a mi cama de hospital en Guadalajara para saludarme: “Mi
hermano, -me advirtió- componte, porque tenemos muchos asuntos que atender de la
Federación. Yo ya me siento mejor y espero verte pronto”
Que ironías de la vida. Hace unos
días habíamos concertado una cita para vernos en Monterrey para tratar algunos
asuntos urgentes, apenas se repusiera un poco. Pero él se murió ayer. Ahora
tendré que cumplir la cita el día que se llegue mi hora.
En su memoria, lean y escuchen la bella canción de Alberto Cortés:
Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío,
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.
Cuando un amigo se va
queda un tizón encendido,
que no se puede apagar
ni con las aguas de un río.
Cuando un amigo se va
una estrella se ha perdido,
la que ilumina el lugar
donde hay un niño dormido.
Cuando un amigo se va
se detienen los caminos,
y se empieza a revelar
el duende manso del nido.
Cuando un amigo se va
galopando su destino,
empieza el alma a vibrar
porque se llena de frío.
Cuando un amigo se va
queda un terreno baldío,
que quiere el tiempo llenar
con las piedras del hastío.
Cuando un amigo se va
se queda un árbol caído,
que ya no vuelve a brotar
porque el viento lo ha vencido.
Cuando un amigo se va
queda un espacio vacío,
que no lo puede llenar
la llegada de otro amigo.
Hoy, yo le diría a mi querido
hermano Alejandro,
Querido Ale:
Cuando tú te has ido, una parte de nosotros se ha ido contigo. Las frases, los
gestos, los temores, las alegrías, las ilusiones…, todo lo que compartimos
contigo se ha ido en el tiempo. La esencia tuya y nuestra se volverá una sola el
día que nos reencontremos con el Gran Arquitecto del Universo en el plano más
allá de la vida.
DESCANSA EN PAZ.
Morelia, Michoacán, a 08 de junio de 2009.
Ismael Acosta García.